Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de junio de 2010

Recuerdos envenenados (Fernando Savater)

David Rieff 
David Rieff es un periodista y politólogo que ha publicado durante muchos años trabajos destacados en revistas como New Republic y World Policy Journal, aunque probablemente en España sea más conocido por Un mar de muerte, en el que narra la última enfermedad y muerte de su madre Susan Sontag (publicado por Debate en castellano y La Magrana en catalán). También importa destacar que es fundador y director del departamento Crímenes de Guerra en la Universidad Americana de Washington DC. Ha conocido personalmente esos crímenes en lugares como Ruanda, Kosovo, Israel y Palestina, Irak o Bosnia. Precisamente es su experiencia en este último país la que ha provocado su obra más reciente: "En las colinas de Bosnia aprendí a odiar pero sobre todo a temer la memoria histórica colectiva. En su apropiación de la historia, que ha sido mi pasión más sostenida y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva logra que la historia misma se parezca más que a nada a un arsenal lleno de armas necesarias para mantener las guerras o hacer de la paz algo tenue y frío".
El libro, breve y contundente, que ha escrito para University of Melbourne Press se titula Against Remembrance. O sea, Contra el recuerdo, pero conviene tener en cuenta que "remembrance" se usa también por "conmemoración". En efecto, mientras que la memoria personal recuerda incluso sin querer y con frecuencia se esfuerza en olvidar para iniciar nuevas etapas de la vida, la memoria colectiva conmemora como hitos inamovibles ciertos acontecimientos en que funda la identidad grupal y considera el olvido no una nueva oportunidad sino un atentado. Para Rieff, la memoria colectiva difiere esencialmente de la historia: primero, porque la historia se ocupa de los sucesos como algo pasado, es decir que ya no está, mientras que la memoria colectiva conmemora el pasado como aún presente -para bien o para mal- y como razón fundamental de las empresas actuales; segundo, porque la historia no es un menú del que se pueden incluir los platos sabrosos y excluir los indigestos, mientras que la memoria colectiva selecciona, sacraliza y mitifica de acuerdo con el narcisismo del grupo y sus ambiciones del momento. La historia pretende establecer la verdad de lo que fue y la memoria histórica influir en la verdad de lo que es; la primera se modifica al descubrir nuevos hechos, la segunda cambia con los intereses estratégicos.
El autor se enfrenta a venerables tópicos, como el dictamen de Santayana "los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo" (dada la perpetua transformación de las sociedades, ninguna tragedia o desmán rememorados vacunan contra otros futuros y a veces sirven para legitimarlos) o el de que no hay verdadera paz sin haber hecho justicia (abundan los ejemplos contrarios y no siempre pueden ser igualmente bienaventurados los justicieros y los pacificadores). La memoria de los crímenes puede estar justificada en tanto viven quienes los cometieron, pero más allá de la desaparición de estos se convierte en una carga culpabilizadora que busca nuevos chivos expiatorios y fomenta discordias o atropellos. Recuerda Rieff que el complejo colectivo de víctimas suele crear otros verdugos: los nazis consideraban a los judíos culpables de la derrota alemana en la Gran Guerra, los estalinistas proclamaban que los kulaks boicoteaban la revolución y hoy algunos sionistas creen que los horrores del Holocausto justifican cualquier política opresora de los palestinos. Cuando un grupo humano tiene tendencia a automitificarse, incluso las mejores razones de la memoria colectiva son un combustible peligroso.
También se ocupa brevemente del juez Garzón, tanto por el caso Pinochet como por su conflictivo intento de abrir la causa de los crímenes del franquismo. Su comentario es matizado y respetuoso. Quienes aquí nos aseguran que en el extranjero el asunto no se entiende o resulta escandaloso harán bien en leer a Rieff: para enriquecer su perspectiva.
Fernando Savater
El Pais (22.06.2010)

viernes, 21 de mayo de 2010

Vasili Semiónovich Grosman (Василий Семёнович Гроссман)

Nacido con el nombre de Iósif Solomónovich Grosman, en Berdichev, actualmente en Ucrania el 12 de diciembre de 1905, murió en Moscú el 14 de septiembre de 1964. Una niñera rusa cambió su nombre por el de Vasili, cosa que agradó a su familia. Su padre tenía convicciones social-demócratas y se adhirió a los mencheviques, en cambio Vasili apoyó la revolución rusa de 1917.
Grossman comenzó a escribir historias cortas mientras estudiaba en la Universidad Estatal de Moscú y más tarde siguió su actividad literaria al mismo tiempo que trabajaba como ingeniero en la región ucraniana de Donbas. A mediados de los años 30 Grosman dejó su trabajo como ingeniero y se dedicó en exclusiva a la escritura. Hacia 1936 ya había publicado dos colecciones de historias, y en 1937 fue aceptado en la privilegiada Unión de Escritores Soviéticos . Durante la Gran Purga algunos de sus amigos y parientes cercanos fueron detenidos, incluida su compañera. Durante meses solicitó a las autoridades su liberación, cosa que ocurrió en 1938.
Durante la Gran Guerra Patriótica, acompañó al Ejército Rojo durante su ofensiva como corresponsal de guerra para el periódico Krasnaya Zvezda (Estrella Roja), a partir de la batalla de Stalingrado hasta el fin de la guerra en Berlín.
Grosman describió la limpieza étnica en Ucrania y Polonia, y la liberación de los campos de concentración de Treblinka y Majdanek. Su artículo El infierno de Treblinka fue usado en los juicios de Núremberg como evidencia de la persecución que ejercía el régimen nazi.
Después de la guerra participó en El Libro Negro, un proyecto del Comité Judío Anti-Fascista para documentar los crímenes del Holocausto, pero dicho proyecto afrontó dificultades de la censura soviética en tanto ésta pretendía dejar de lado carácter específicamente antisemita del Holocausto (que abarcaba a judíos no sólo soviéticos sino de toda Europa) y porque las autoridades soviéticas requirieron eludir al máximo las menciones a los guardias ucranianos que colaboraron con los nazis durante el exterminio de judíos. Al final el proyecto de este libro fue suprimido en 1948.
Poco después, cuando el régimen soviético inició al año siguiente una campaña ultranacionalista que privilegiaba el sentimiento nacional ruso, Grossman empezó a revalorar indirectamente su origen judío, al ser evidente que la exaltación nacionalista auspiciada por Stalin implicaba un ataque a los judíos acusados ahora de "cosmopolitismo" y falta de nacionalismo. En esos años escribe "Por una causa justa", una novela basada en sus vivencias como corresponsal de guerra, que mantiene la ortodoxia del realismo socialista y conserva la lealtad al régimen, lo cual le ganó aplausos oficiales y fama literaria; no obstante luego Grossman escribe la segunda parte, titulada Vida y destino que es considerada su obra cumbre, y donde muestra realistamente los estragos causados por el totalitarismo nazi y el soviético durante la II Guerra Mundial.
Esta última obra fue presentada a publicación en 1962 durante el "deshielo" provocado por la desestalinización pero aún así fue prohibida por el régimen de Jruschov. La KGB confiscó de inmediato los borradores e incluso la cinta de la máquina de escribir que había utilizado el autor. Tras inútiles gestiones por parte de Grossman para que la censura soviética permitiese publicar su obra, redactó en privado su última novela Todo fluye, donde en forma más directa cuestiona el autoritarismo del régimen soviético mostrando crudamente la absurdidad y severidad de las represiones políticas en la era de Stalin. Grossman murió de un cáncer al estómago en Moscú en 1964, ignorando aún si Vida y destino sería alguna vez leída por el público.
En los años setenta disidentes soviéticos recuperaron una copia del manuscrito de "Vida y destino" y la novela se publicó primero en el extranjero, en 1980 en Suiza, y en 1988 pudo ser publicada en la Unión Soviética durante el periodo de glasnost patrocinado por el régimen de Gorbachov. En España vio la luz el 2002 una edición traducida del francés. En 2007 fue publicada en español la traducción de la obra directamente del original ruso.

TODO FLUYE



 Dentro de la literatura de la época soviética, la oficial, aquella auspiciada directamente por el régimen, era floja en contenido. El realismo socialista no era más que una cáscara, una forma de encubrir falta de talento mezclada con lealtad (o al menos ventajas económicas) con el régimen. La gran literatura rusa se gestó en los suburbios del Estado, en escritores perseguidos, en el Samizdat (en ruso самиздат y en ucraniano самвидав, transliterado samvidav,  fue la copia y distribución clandestina de literatura prohibida por el régimen soviético, de esa manera, muchas veces los disidentes lograban sortear la fuerte censura política). Siempre había pensado que los grandes escritores tenían el deber moral de oponerse a las dictaduras totalitarias, sin embargo, la vida es más compleja que las ideas, existen claroscuros. Quizás la actitud heroica de Ajmatova, el dolor expresado por Shalamov o el poema de Mandelstam (que lo costó la vida), sean la excepción que confirma la regla. La regla no es otra que sobrevivir, conservar la vida. 
Supongo que muchas grandes novelas se perdieron por personas que no escribieron lo que querían o veían. O bien escribieron parte o directamente falsearon la realidad para sobrevivir. Juzgarlos desde la actualidad, es fácil pero injusto. Vasili Grossman llegó a escribir para el régimen, pero en su fuero interno pensó diferente. No sólo pensó sino que escribió. Su obra más ensalzada fue "Vida y Destino". A mi entender, "Todo Fluye" condensó mejor sus pensamientos, las vivencias de un hombre que sale del Gulag, que encuentra a los que se doblegaron ante el peso por miedo y avaricia y no los juzga, que describe cómo fue la colectivización y el dolor de la violencia estatal. Se puede leer casi como un libro de Historia. Imprescindible para aquellos que sueñen con la construcción de viejas utopías.



miércoles, 12 de mayo de 2010

Evo morales afirma que los incas lucharon contra el Imperio Romano (No es broma)


El Presidente de la República, Evo Morales, a su regreso de España tuvo dos equivocaciones en la ciudad de Cochabamba.El Jefe de Estado manifestó que estaba llegando de Ginebra, España y que los indígenas bolivianos habían luchado contra los imperios europeos, ingleses y romanos.
Evo: “Estaba en Ginebra, España. Nuestros abuelos lucharon históricamente contra todos los imperios, imperio inglés, imperio romano. Ahora nos toca luchar contra el imperio norteamericano”. 

Si deseas ver sus grandiosas declaraciones pulsa este enlace.

martes, 11 de mayo de 2010

Mi siglo, libro de Aleksander Wat


En contadas ocasiones, la historia de una vida es también la historia de una época. Tras jugar un papel importante como comunista bajo el régimen autoritario de Pilsudski, haber ido a la guerra, y haber conocido las cárceles de la Unión Soviética, Aleksander Wat logra regresar vivo a su Polonia natal en 1947 para emigrar a Francia en 1958, ya muy enfermo, hastiado del clima asfixiante y opresivo de la falta de libertad. Pero su enfermedad le impedía escribir. Será Czesław Miłosz, conocedor extraordinario de su historia, quien le proponga llevar a cabo una serie de entrevistas que posteriormente transcribiría y que conformarán un libro de memorias fundamental del convulso siglo xx. Mi siglo, que finalmente vio la luz en Londres en 1977, casi diez años después de la muerte de Wat, causó sensación en la Polonia del momento. La obra circuló de mano en mano de manera clandestina. La historia de Wat que ha de leerse como una autobiografía espiritual, es, en palabras de Adam Zagajewski que lo presenta en esta edición al público, «un insólito tratado poético y filosófico» y como tal, absolutamente atemporal e imprescindible.
Aleksander Wat (Varsovia, 1900 - París, 1967) era descendiente de una antigua y famosa familia judía que contaba entre sus miembros con el famoso cabalista Isaac Luria. Estudió filosofía, psicología y lógica en la Universidad de Varsovia donde tuvo contactos con la vanguardia literaria, bajo cuya influencia escribió su primer libro de poemas YO de un lado y YO del otro lado de mi brasero ferroperruno (1920) y la colección de cuentos Lucifer en paro (1927). Participó en numerosas e influyentes publicaciones de la época como Nowa Sztuka y Tygodnik literacki, desde las que ayudó a dar a conocer la obra de Mayakovski y el futurismo. Se suicidó en París en 1967.

Aleksander Wat
«Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo»
Editorial Acantilado
Presentación de Adam Zagajewski
Prefacio de Czesław Miłosz
Traducción de Anna Rubió y Jerzy Sławomirski
OPINIÓN: He leído con atención el libro, porque había escuchado críticas bastante buenas del mismo. La verdad es que siendo sincero no me ha gustado demasiado. El autor escribe bien, muy bien, pero quizás le pase como a Koestler, la forma es más brillante que el fondo. En este caso, sus memorias fueron revolucionarias en una época en que no existían numerosas memorias sobre la Unión Soviética. Pero queda lejos de otras como las de Evgenia Ginszburg “El vértigo”, “Archipiélago Gulag” de Alexander Solzhenitsyn y la genial “Relatos de Kolyma” de Varlam Shalamov (por citar alguna).

Este libro comienza con un repaso por la literatura progresista polaca de la época de entreguerras que difícilmente puede interesar si uno no es especialista en este país (lo cuál es mi caso). Sus reflexiones sobre la Unión Soviética, son agudas, ingeniosas, pero encuentro que le falta algo, de lo que le sobraba  a los libros anteriormente citados. Como Evgenia Ginszburg se arrepiente de su pasado cripto-comunista y termina sacando conclusiones casi místicas de las injusticias a las que se ve sometido.

Quizás cuando uno lee este tipo de memorias,  como cuando lee memorias de los campos nazis, le llega sin querer un pequeño aliento de culpabilidad. No sobrevivían los mejores en un sentido moral, sino los más adaptados (como se ve en el libro de Primo Levi “Los hundidos y los salvados”. Lo que en ruso llamaban “Pridurki”, aquellos que estaban en puestos de oficina, que escapaban a cumplir con las normas que nazis y comunistas les imponían. En esta constatación no va ninguna condena moral, ni mucho menos, pero en este tipo de libros de memorias a veces se entrevé este pequeño complejo de culpabilidad. Si nosotros hubiésemos estado en su lugar, no sabríamos en qué grupo habríamos acabado, si en el de los Hundidos o lo Salvados.


lunes, 3 de mayo de 2010

El legado liberal y el 2 de mayo en la Sociedad El Sitio de Bilbao (María Dolores Azpiazu)

El 2 de mayo, se celebra el 136º aniversario del levantamiento del cerco que las tropas carlistas mantenían en torno a la Villa de Bilbao, cuya heroica defensa a lo largo de más de dos meses dio su origen a la Sociedad que me honra presidir. 136 años es mucho tiempo: dos guerras civiles, cinco generaciones, un amplio arco de experiencias históricas extendido desde el siglo XIX al XXI. Hoy acudo a esta tribuna de prensa, no a escribir un artículo de circunstancias, con panegíricos y un inventario de méritos: mi propósito consiste en hablar de cosas más cercanas, del paso del tiempo y su inevitable mudanza, de lo que se va y de lo que permanece.

Para hacernos una idea de lo que significan 136 años, piense el lector en esa extraña sensación que percibe cada vez que vuelve con su familia a casa después de las vacaciones. Dos calles levantadas, nuevos temas de discusión en el Ayuntamiento, algo diferente en la forma de vestir de los vecinos... Parece el mismo lugar pero no lo es: las aguas han corrido ría abajo mientras estábamos fuera. Y esto sólo sería un mes. Pensemos en una suma de cambios como éstos a lo largo de trece décadas, influyendo sobre la psique colectiva de miles de personas.

Con esta reflexión sobre el paso del tiempo quiero poner de manifiesto el problema que supone adaptarnos al cambio. Como presidenta de la Sociedad El Sitio, he de hablar de los postulados liberales. ¿Siguen éstos teniendo el mismo significado que en su época fundacional? ¿O han de adquirir un nuevo espíritu para ir en sintonía con los tiempos?


Bilbao ha sido una ciudad abierta al comercio y a las ideas, y por lo mismo escenario de un choque constante de alternativas: socialistas, nacionalistas, monárquicos, carlistas y un largo etcétera. Hace tiempo que el liberalismo dejó de ser militante. Hubo un primer momento en el que se combatió y se agitaron estandartes, tocaron los tambores, hombres probos y pacíficos desfilaron llevando al hombro unos fusiles que ni siquiera habían tenido tiempo de aprender a manejar. Culpa de ello tuvieron el ardor del momento y la extrema necesidad en época de guerra.

Hoy es otra la situación: hacer profesiones de fe carece de sentido. Sí lo tiene, por el contrario, buscar cauces de entendimiento y momentos para la tregua. Reconocer límites, hacerse cargo de que la posibilidad de victoria es una quimera, como prueba la sucesión de conflictos armados no resueltos de dos siglos a esta parte. De que todos hemos de convivir, de que los derechos de una persona terminan allí donde empiezan los de su prójimo. Se trata de fomentar un intercambio de pareceres en libertad, con la única limitación de que todo aquel que se considere digno de decir algo desde una tribuna cívica honorable ha de mantener un compromiso firme con la tolerancia y el respeto a los principios fundamentales del Estado de Derecho.

Mi crítica va dirigida no contra los partidos de nuestro ordenamiento, sino contra formas generales de actuar. La organización de mítines y ruedas de prensa con el único fin de exaltar méritos propios y denostar los del contrario son métodos típicos del pasado siglo XX -por algo lo llamaron el siglo de las ideologías-. En un mundo globalizado donde la política de prestigio cede paso a la seguridad colectiva y la cooperación internacional, cabe preguntarse no ya por la efectividad, sino por la pertinencia de unas estrategias de persuasión y amedrentamiento que ni siquiera llegaron a estar a la altura de la denominada era de las masas, con toda su barbarie y vulgaridad. Hoy no se trata de imponer una ideología para transformar el mundo, sino de crear marcos de convivencia abiertos en los que personas, partidos políticos y plataformas ciudadanas puedan llevar a cabo un intercambio constructivo de pareceres.


El monopolio de la razón no lo tiene nadie. Lo importante no es la conquista de unas posiciones en perjuicio de otras, sino contribuir al desarrollo de la Humanidad, sobre todo en los tiempos que nos ha tocado vivir, en que la principal amenaza para la civilización no procede de la naturaleza, sino de irresponsabilidades en la conducta humana. Se pasó el tiempo de civilizar al salvaje, tutelar mujeres y tratar al homosexual como si fuera un enfermo; también ha de quedar atrás aquél en que para convencer al vecino de la bondad de un punto de vista se le solía dar en la cabeza con el asta de una bandera. Ser liberal, hoy, aquí, consiste en abrigar el firme propósito de prolongar en nuestros espíritus el esfuerzo desplegado por los planificadores urbanísticos que desde hace años se dedican a cubrir de puentes y pasarelas nuestra histórica y emblemática Ría de Bilbao.

A algunos hablar de liberalismo y liberales en 2010 les parecerá como hablar de una de esas cosas rancias de antes, de abogados y veterinarios municipales. El liberalismo no es una ideología convencional con todo su aparato de dogmas y lugares comunes. Más bien se le podría comparar al compost que permite conservar sana y bien aireada la tierra del jardín. Está ahí aunque no lo veamos. Ahora mismo caminamos sobre él. ¿Quién inspiró las grandes reformas que hicieron posible el ascenso de la sociedad industrial moderna? ¿Quiénes ayudaron a crear un ordenamiento jurídico nuevo, nuestros sistemas monetarios, los códigos civiles y mercantiles, el sistema escolar y la medicina social? Estas contribuciones constituyen el legado de unos liberales para los que seguir aportando importa más que llamar la atención en tertulias radiofónicas. Éste, en suma, es el espíritu con el que celebramos, una vez más, nuestro 2 de mayo, la procesión cívica a Mallona y la entrega del Premio a las Libertades.






(María Dolores Azpiazu Canivell es presidenta de la Sociedad El Sitio)

María Dolores Azpiazu, EL CORREO, 1/5/2010

viernes, 30 de abril de 2010

Dos versiones de la democracia (Francesc de Carreras)

Viñeta de Mafalda (Quino)

El debate sobre la sentencia del Estatut refleja bien dos concepciones muy distintas de la democracia: la democracia jacobina y la democracia constitucional

El debate sobre la sentencia del Estatut refleja bien dos concepciones muy distintas de la democracia: la democracia jacobina y la democracia constitucional.
Las dos parten de idéntico principio: democracia es el gobierno del pueblo, la expresión de la voluntad de los ciudadanos. Es, por tanto, el gobierno de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. Este último es la dictadura, el gobierno de uno o de una aristocracia. La democracia es el gobierno de todos, conectado inevitablemente, a su vez, con la idea de Estado de derecho, es decir, con la idea de que quienes nos gobiernan son las leyes, no los hombres. Siempre, naturalmente, que estas leyes sean generales, garanticen los derechos fundamentales y expresen la voluntad mayoritaria del pueblo.
La democracia está basada en las ideas contractualistas del siglo XVII, especialmente en las ideas de Hobbes y de Locke. Para estos autores, en el estado de naturaleza, en que no había poder político alguno, los individuos eran libres e iguales pero su existencia se veía constantemente perturbada por las constantes luchas entre ellos y, en la práctica, la libertad y la igualdad se les negaba. Así pues, descontentos con tal situación, estos individuos deciden ponerle fin, y para ello acuerdan mutuamente un contrato mediante el cual fundan un Estado, el instrumento que debe garantizarles seguir siendo libres e iguales como en el estado de naturaleza. Este contrato es, de hecho, la Constitución.

En la Constitución, en el contrato, se establecen y regulan, básicamente, su finalidad (la garantía de los derechos de libertad e igualdad) y los medios para hacer cumplir esta finalidad (los poderes constituidos: legislativo, ejecutivo y judicial, es decir, parlamento, gobierno y jueces). Estos poderes constituidos están condicionados y limitados, por el pacto fundacional y constituyente, sometidos, por tanto, a la Constitución.
Esta inicial idea de democracia liberal tuvo –Gran Bretaña aparte– dos grandes versiones: la estadounidense y la europea. En la primera se mantuvo el esquema inicial según el cual los poderes constituidos están sometidos a la Constitución y ello se garantizaba mediante el control de constitucionalidad de las normas jurídicas por parte de los jueces. En la versión europea, en cambio, el jacobinismo francés consagró la supremacía del Parlamento y de la ley, quedando la Constitución como una ley más y el Parlamento como órgano depositario de la soberanía nacional.

El constitucionalismo europeo se mantuvo en esta línea casi hasta la Segunda Guerra Mundial. Tras comprobar cómo las mayorías parlamentarias, las leyes sin control jurisdiccional y los parlamentos soberanos habían entregado el poder a Mussolini y a Hitler, con la catástrofe posterior que ello supuso, se retornó a la inicial idea de Constitución como contrato previo a la creación de los poderes constituidos. La Constitución debía contener un núcleo básico de derechos fundamentales y un esquema de poderes limitados y mutuamente controlados, cuya garantía última residía en los jueces.
Por esta misma época, este esquema se trasladó también al derecho internacional: la Carta de las Naciones Unidas (1945), la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y, años más tarde, entre otros, los dos Pactos de Derechos de la ONU de 1966 sometían a los estados al derecho y protegían a los individuos frente a los estados. Todos estos cambios, tanto en el derecho interno como en el internacional, empezaban a configurar la democracia no como expresión de la voluntad de la mayoría, sino, en frase feliz de Luigi Ferrajoli, como la ley del débil frente a los desafueros del fuerte. A su vez, también comenzaba a establecerse un principio jurídico de insospechadas consecuencias: la soberanía reside en el pueblo, no en los parlamentos, y el respeto a los pactos fundacionales de los estados, es decir, las constituciones, se garantizaba mediante tribunales constitucionales. Esta era la democracia constitucional.

Se puede ser partidario de la democracia jacobina, basada en la prevalencia absoluta de las mayorías parlamentarias, o de la democracia constitucional, en la que, además de en las mayorías, la democracia se asegura también mediante un sistema de controles políticos y judiciales. Pero en todo caso, nuestra Constitución adoptó esta última y, por tanto, o se respeta o se reforma.
El president Montilla declaró el día de Sant Jordi pasado, refiriéndose naturalmente al pleito del Estatut, que "el Tribunal (Constitucional) tiene legitimidad legal, pero hay otro tipo de legitimidad más moral, más política, mucho más ética". No sé muy bien exactamente a qué tipo de legitimidad se refiere Montilla con estos vagos términos, me suena al viejo iusnaturalismo preliberal y predemocrático, a un derecho natural eterno que está por encima de las contingentes leyes humanas, o también al decisionismo schmittiano que justificó a Hitler, pero no creo que Montilla se refiera a ellos. Quizás a lo que se refiere es a la vieja democracia jacobina, en concreto a que las mayorías mandan sin control alguno y que los poderes constituidos pueden modificar aquello que en su momento aprobó el poder constituyente. Si es así, Montilla está hablando del sistema de otros países, y si quiere algún día hablar en estos términos de España, debería comenzar a emprender la reforma de la Constitución.
Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
La Vanguardia (29.04.2010)

jueves, 29 de abril de 2010

Muere una de las fundadoras del movimiento por los derechos civiles


Muere una de las fundadoras del movimiento por los derechos civiles
Fallece Dorothy Height a los 98 años

 Dorothy Height, una de las fundadoras del movimiento por los derechos civiles en EE UU, murió el día 20 a la edad de 98 años, ha informado un portavoz del hospital Howard Universit, que no ha precisado las causas del fallecimiento.
Según el Washington Post, Height formaba parte del grupo de líderes afroamericanos que emprendieron una cruzada en favor de la justicia racial y de la igualdad entre blancos y negros en EE UU tras la II Guerra Mundial. Desde la Guerra Civil estadounidense, los reglamentos obligaban a la separación de razas en los autobuses, restaurantes e instalaciones públicas en el sur, mientras que la discriminación racial mantenía a muchos afroamericanos sin acceso a barrios y empleos en el norte del país. La activista se centró en lograr el fin de la separación en las escuelas.
Su negativa a humillarse le costó a Park la prisión. "La verdadera razón por la que no me levanté fue que sentí que tenía derecho a ser tratada como cualquier otro pasajero. Habíamos sufrido este tipo de trato demasiado tiempo", declaró ella misma en 1992. "Se mantuvo sentada para que nosotros pudiéramos levantarnos", declaró el veterano activista por los derechos civiles Jesse Jackson tras su fallecimiento, en octubre de 2005.
Presidió el National Council of Negro Women (Consejo Nacional de Mujeres Negras) durante 40 años y dejó el cargo en 1997. Se trata de un movimiento con cuatro millones de miembros que fundó en 1935 el educador Mary McLeod Bethune, uno de los mentores de Height.
En los años treinta, participó en las protestas de Harlem, en los cuarenta, presionó a la entonces primera dama Eleanor Roosevelt para que se sumara a su causa, en los cincuenta luchó para que el presidente Dwight D. Eisenhower acabara con la segregación en las aulas y en los sesenta ayudó a Martin Luther King, Roy Wilkins, A. Philip Randolph, Whitney Young, James Farmer, Bayard Rustin y John Lewis a dibujar la estrategia que acabó con las leyes discriminatorias en EE UU. Aunque Height fue la mujer más influyente dentro del movimiento, nunca alcanzó la fama y la atención mediática de otros líderes (varones) de la comunidad negra de su tiempo.
En agosto de 1963, la activista estuvo en Washington junto a Luther King mientras él pronunciaba su mítico discurso I have a dream (Tengo un sueño). Más tarde, admitiría que se sintió decepcionada porque ninguna mujer hablara ese día en favor de los derechos de la mujer. Height fue invitada en 1963 a la firma de la Equal Pay Act, por la que John F. Kennedy puso fin a las leyes segregacionistas. En 1994, Bill Clinton le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor nacional.
Fue una mujer comprometida y luchadora, tal vez no salga con letras mayúsculas en los libros de Historia, pero hizo pequeñas grandes cosas para cambiar el mundo. Descanse en paz.

miércoles, 28 de abril de 2010

'La vida de los otros', en versión real

El Encuentro de Centros de Memoria Histórica evoca con testimonios y cifras la represión en la ex Europa comunista - Las atrocidades de la Stasi, al descubierto


Ulrich Mühe murió en 2007, tras haber rozado una sarcástica gloria. Un año antes había sido encumbrado por su interpretación de un eficaz capitán de la Stasi, la ubicua policía secreta de la República Democrática Alemana, que debía espiar a una pareja de artistas. En el filme, La vida de los otros, el capitán lograba convertir a la espiada en espía del régimen. Una más. La película logró el Oscar y miles de aplausos. Mühe estaba impresionante. Hasta aquí la gloria. ¿Cuál era el sarcasmo? Que la primera esposa del actor había colaborado con la Stasi en el pasado.

Lo único bueno de los archivos de la Stasi es que existen. Cualquier alemán tiene derecho a consultar si hay información sobre él y quién la proporcionó. Y vaya si quieren. Más de 2,6 millones de personas han escrutado los fondos para averiguar si fueron espiados y por quiénes desde que se abrieron los archivos del régimen comunista, en 1992. Contra algunos temores apocalípticos, el ansia de saber no iba de la mano del afán de venganza. "No conocemos ni un solo acto violento de una víctima contra su acusador", dijo ayer Helge Heidemeyer, representante del Comisionado Federal de Documentos de la Stasi, en el II Encuentro Internacional de Centros de Memoria Histórica, que se celebra en Salamanca.
La Stasi fue puntillosa, obsesiva. Puestos en fila, sus archivos ocuparían 51 kilómetros. En aquel universo cerrado que todo lo oía, la desconfianza se convirtió en un arma de supervivencia. "Enfrentarse al pasado a veces es doloroso y emotivo, pero pone su vida en sus manos. Ahora ya saben quién espiaba y quién no, pueden probar si han sido víctimas de la Stasi y rehabilitar su nombre si no colaboraron", contó Heidemeyer.
Porque Alemania oriental pareció durante unos años un país de espías. Hasta 174.000 personas colaboraron con la policía comunista en 1989, justo antes de la caída del muro de Berlín. Ese mismo año, en Polonia, los "soplones" no llegaban a los 100.000, según datos aportados ayer por Krzysztof Persak, del Instituto Nacional de la Memoria de Polonia.
El encuentro, que organiza por segunda ocasión el Centro Documental de la Memoria Histórica, pone en su sitio a los archivos, un arma incontestable contra la reescritura histórica o la tentación del silencio. Ya lo avisó el poeta Juan Gelman: "Desaparecen los dictadores de la escena y aparecen inmediatamente los organizadores del olvido". En las oficinas de la Stasi lo hicieron a la carrera destruyendo documentos y grabaciones con cualquier método. "Los quemaron, le echaron agua y también los hicieron trizas con las manos, pero no fueron destruidos por completo", contó Heidemeyer. Son el grupo de los "predestruidos". Ocupan unas 15.500 cajas. Ya han logrado rehacerse 40.000 páginas. Gracias a lo recuperado se ha desenmascarado algún cargo parlamentario que negaba haber colaborado con la policía secreta.
La transparencia del Comisionado Federal de Documentos de la Stasi sirvió de guía para otros países de pasado comunista como Polonia, que comenzó a ajustar cuentas con su historia reciente en 2000, con la creación del Instituto Nacional de la Memoria. "Durante la transición se consideró agitadores a quienes pedían abrir los archivos y se destruyeron muchos documentos", contó Krzysztof Persak, investigador e integrante de la Comisión para la Persecución de Crímenes contra la Nación Polaca.
El Instituto Nacional de la Memoria, además de custodiar 89 kilómetros de archivos de servicios represivos de la era comunista, promueve investigaciones penales y ha acusado a 400 personas por crímenes, torturas o detenciones. "El problema es llevar ante la justicia a los jueces militares que firmaron condenas de muerte, porque se tapan entre ellos", lamentó Persak.
Las deportaciones masivas a la URSS o las limpiezas étnicas contra polacos cometidas por nacionalistas ucranios son algunos de los asuntos que investiga el instituto, cuyo director falleció en el accidente aéreo en el que perecieron numerosas autoridades de Polonia, incluido su presidente Lech Kaczynski, justo cuando viajaban hacia Rusia para participar en un acto de desagravio por la matanza de Katyn. La URSS, responsable de aquella matanza de 22.000 polacos, negó su participación e incluso permitió que el tribunal de Núremberg juzgase por ello a varios oficiales nazis, finalmente, absueltos.
La farsa se destapó en 1990 gracias al presidente Mijaíl Gorbachov, que entregó a su colega polaco Jaruzelski la lista de los fusilados y otros documentos. Las investigaciones iniciadas entonces se cortaron en seco en 2004, bajo el mandato de Putin, cuando se ordenó declarar secreto de Estado 116 de los 183 tomos de la investigación. De nuevo, los organizadores de olvido.
A veces reaparecen sobre terreno ganado. El Tribunal Constitucional de Rumania declaró inconstitucional la ley que desnudaba la represión del régimen de Nicolae Ceausescu. "Contenía veneno", opinó el tribunal. Dragos Petrescu, del Consejo Nacional para el Estudio de los Archivos de la Securitate, desveló la clave: "Los jueces del Constitucional necesitan tener más de 15 años de experiencia. ¡Habían accedido durante el antiguo régimen!". En Rumania, la colaboración con la Securitate no era obligatoria, pero se incentivaba gracias al chantaje y a las prebendas como la autorización para viajar a Occidente. Lo vital y complejo que resultaba salir del país se aprecia con nitidez en la película Cómo celebré el fin del mundo (2006), en la que un niño de siete años, Lalalilu, planea asesinar al dictador para impedir que su hermana huya de Bucarest en 1989.
Los fantasmas del pasado no sólo persiguen a España,,,,,

Alemania 1945




 
Mientras el Ejército alemán desfilaba impecable y desafiante bajo la puerta de Brandemburgo tras el armisticio que ponía fin a la primera guerra mundial, la rendición incondicional impuesta por los aliados en la segunda guerra mundial redujo Alemania a escombros y cenizas. No se trataba solo de la muerte del 10% de la población, de decenas de millones de desplazados sin tierra ni techo, de la destrucción de la mitad de las infraestructuras viarias y de una cuarta parte del parque de viviendas, sino también de la pérdida de la Heimat, del hogar, de la seguridad y la tranquilidad del útero materno, la propia identidad. Pocas veces como esta se puede hablar de un antes y un después.

En Alemania 1945, a diferencia de la multitud de libros que describen el ascenso y expansión del nazismo, el profesor Richard Bessel explica el resurgimiento de la nueva Alemania a partir de la tesis de que la violencia vivida en los primeros meses de 1945 transformaría a los alemanes de verdugos en víctimas: «No Auschwitz sino Dresde; no la batalla de Varsovia de 1939 sino la de Berlín en 1945 (...) no la expulsión de los polacos de sus hogares de las zona anexionadas por el Gran Reich Alemán en Prusia Occidental sino la expulsión de los alemanes de sus hogares de Prusia Oriental, Pomerania, Silesia y los Sudetes...».
 
La Alemania de posguerra se caracterizó por una tensión entre el deseo de recordar el propio dolor y el de olvidar lo que los alemanes les habían hecho a los otros pueblos durante la guerra. De esta manera, lograron hacer borrón y cuenta nueva disociándose del pasado nazi y refugiándose en la vida cotidiana en un intento desesperado por sobrevivir. 
Quizás lo que más llama la atención de este libro es la forma en la que los alemanes se curaron del nacionalismo agresivo definitivamente. La II Guerra Mundial sería recordada no por los años anteriores de conquistas y genocidio, sino por la terrible experiencia de la ocupación, destrucción, caos, violaciones, etc que vivieron ellos mismos en Alemania en el "año cero" (1945). Supongo que el ser humano es así, sólo aprendemos cuando nos toca a nosotros experimentar el dolor.
Un libro recomendable para los amantes de la Historia.

lunes, 19 de abril de 2010

Carrero Blanco, el Opus y las infidelidades de su mujer


Siempre me había preguntado como durante el franquismo el Opus Dei (que no había tenido un peso específico en la conformación del bloque antirepublicano) había llegado a copar las más altas esferas del gobierno. Recientemente, he tenido conocimiento de una anécdota que ilustra como la vida está llena de casualidades.

El Almirante Carrero Blanco estaba casado con Carmen Pichot Villa. El matrimonio estaba situado en las altas esferas de la Administración. Carrero Blanco se convirtió en hombre de confianza del general Franco, desplazando paulatinamente a Juan Antonio Suances. Fue nombrado Subsecretario (1941) y Ministro de la Presidencia (1951). Durante los años 50, este cargo absorbía a Carrero Blanco, que pasaba muchas horas en la oficina, por lo que su relación con Carmen Pichot (su mujer) se resintió. Ella, como reacción, había pasado a tener diferentes aventuras extra-matrimoniales para compensar su soledad, por lo que al llegar a oídos de su esposo, éste sufría mucho (era de carácter retraído y pocas habilidades sociales). En ocasiones, llegaba a la oficina llorando, a lo que López Rodó, entonces Secretario General Técnico de la Presidencia de Gobierno intentó consolarlo. Carrero Blanco no deseaba hablar del tema, hasta que un día le confesó sus problemas. López Rodó, miembro del Opus Dei le propuso una solución, que dos psiquiatras cercanos al Opus Dei y al psiquiatra López Ibor pasasen una tarde con la mujer de Carrero, Carmen Pichot. Se desconoce el contenido de estas conversaciones, pero básicamente la hundieron psicológicamente por su comportamiento, observando a partir de entonces una vida recatada, en el que a menudo se la veía en misa y/o llorando.

Agradecido por esta ayuda, Carrero Blanco se apoyó en López Rodó y en su círculo de tecnócratas del Opus Dei y lanzando su carrera: en 1956, es nombrado Secretario General Técnico de la Presidencia de Gobierno por Carrero Blanco, a la sazón ministro de la Presidencia realizando una reforma profunda de la Administración Pública del Estado, además de la creación de la Escuela Nacional de Administración Pública en 1960. Desde 1962 como Comisario del Plan de Desarrollo, cargo que se eleva a la categoría de Ministro en 1965, hasta 1973 dirige la preparación y aplicación de los tres Plan de Desarrollo Económico y Social que significaron un importante crecimiento de la economía española.

La vida está llena de casualidades, unir tecnocracia, Opus e infidelidades es difícil,,, pero en España (y en la Historia) todo es posible.